Elena Baez tiene 50 años y podría decirse que ha driblado dos veces la peor de las suertes. Nadie lo diría por su aspecto inmejorable, pero hace apenas un mes y medio fue sometida a un trasplante de riñón que llegó justo dos años después de haber superado otro trasplante de corazón. «La primera vez fue muy dura, estuve dos meses en la uci, y se me cayó el mundo encima cuando supe que debía pasar otra vez por lo mismo», explica Elena, que sufre una enfermedad genética que le afecta precisamente el corazón y el riñón. Sin embargo, por suerte, esta vez todo ha ido más rápido y, sobre todo, mejor. «Ahora que me encuentro bien veo lo mal que estaba: me ahogaba caminando, subiendo escaleras, vivía en una especie de cárcel sin darme cuenta y ahora, en cambio, voy a empezar a correr».
Apenas tiene recuerdos Elena de haber vivido con salud. Tardaron mucho en identificar el origen de sus afecciones –de hecho, el gen no le fue detectado hasta 2021–, pero a los 3 años ya empezó a acusar una falta de calcio que le provocaba espasmos «muy dolorosos» en manos y pies. Con medicación, siguió adelante con una vida razonablemente normal. Las siguientes muescas en su historial médico llegaron a los 7 años –cuando empezó a sufrir bajadas en el nivel de magnesio que dañaban a su musculatura– y a los 18, cuando la pérdida de potasio desencadenó en «un riesgo cardiovascular importante».
«Antes me ahogaba solo caminando: ahora, en cambio, voy a empezar a correr»
«Hay un corazón para ti»
No fue, sin embargo, hasta después de ser madre –tiene dos hijos– cuando la insuficiencia cardiaca que sufría la llevó a necesitar un desfibrilador autoimplantable que en 2023 dejó de serle funcional. «Necesitaba un trasplante y recuerdo perfectamente cuando recibí la llamada diciendo ‘hay un corazón para ti’: estaba haciendo albóndigas», recuerda esta técnica de laboratorio.
«Agradecimiento es una palabra que se queda corta para describir lo que siento por mis donantes y sus familias»
Más tarde –maldito gen– llegó la necesidad de recibir un nuevo riñón. Fue un trasplante cruzado. Su marido fue donante pero el órgano no era compatible y ella acabó recibiendo un riñón de otra persona, en una cadena de altruismos que, asegura, «salvó la vida de otras cuatro o cinco personas». «Siento una gratitud infinita por mis dos donantes y por sus familias, tanta que incluso ‘agradecimiento’ es una palabra que se queda corta para glosar lo que ellos llegaron a hacer en uno de los momentos más difíciles de su vida».
Elena, que siempre ha intentado que su enfermedad no «fuera el centro de su vida», tiene claro que la parte médica del trasplante es la que debe recibir el foco porque es algo «impresionante». Sin embargo, también le gustaría, de alguna manera, que las familias de los donantes pudieran ser conscientes «de la magnitud de la decisión que han tomado» y que por una mirilla imaginaria pudieran ver que con su «generosidad» han dado una nueva vida no solo a una persona, «sino también a sus parejas, padres e hijos».
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