Tragedias como la ocurrida en Adamuz (Córdoba) tienen, sin duda, una dimensión emocional fundamental. Los equipos de emergencias y los profesionales de la Psicología juegan un papel determinante para aliviar, en la medida de lo posible, el dolor de las familias de las víctimas, el de las personas que siguen buscando a sus seres queridos, y el de las que sufrieron en primera persona el accidente y han sobrevivido pero han de lidiar con el shock psicológico que, sin duda, les genera haber presenciado una desgracia. Estas son las claves de la atención que prestan los expertos, en palabras de tres profesionales con experiencia al respecto:
La primera actuación
Andreea Apostol, psicóloga especializada en situaciones de emergencias, explica que, si bien cada comunidad autónoma dispone de sus propios protocolos, lo habitual es que «lo primero es que se habiliten zonas de triaje y se separa a las víctimas; los psicólogos están en la zona de las personas ilesas, pero que pueden tener una afectación emocional. Son personas normales en situaciones no normales y es totalmente válida cualquier reacción, ya sea de crisis de ansiedad como de agresividad o, todo lo contrario, de estar totalmente disociadas con la realidad. Nuestra presencia como psicólogos -añades- es siempre preventiva, nunca imponemos nuestra ayuda, estamos el tiempo que haga falta».
Las familias que siguen esperando
Gemma Cuartero, coordinadora de Psicología de emergencia del SEM, detalla que en relación con las familias de las víctimas que todavía esperan saber si su ser querido ha fallecido o no, es determinante la información. «Uno quiere saber ya dónde está su familiar pero es un proceso lento, el de la identificación, porque no admite margen de error. En muchos casos las familias no tienen información nueva durante horas, pero se trata de mantener un canal de comunicación abierto con personas de referencia, esto es muy importante en términos psicológicos, frente al sentimiento de vulnerabilidad e incertidumbre. Informar de cómo evolucionan las tareas en los trenes, y hacer que los familiares aporten muestras de ADN, ayudan a las personas a poder elaborar posibles escenarios, a anticipar lo que puede haber pasado, que es que su ser querido haya muerto. Con la información, además, permitimos que estas personas se mantengan en un plano funcional, en un plan realista. También es determinante que sus familiares y personas de confianza estén con ellos para hablar, llorar y desfogarse».
Las víctimas ocultas
Cuartero subraya un tipo de víctimas que no siempre se tienen en cuenta: «Es bueno no desatender a personas que son las que primeros fueron a atender a heridos o a ayudar con comida o mantas, estas personas son víctimas ocultas porque pueden experimentar el impacto en forma de sueños, de imágenes… y es importante ofrecerles diversos servicios comunitarios y de salud si lo necesitan».
Cómo comunicar el fallecimiento de un familiar
«La comunicación ha de ser siempre oficial -apunta Cuartero- por parte de cuerpos de seguridad, y se procurará que se haga en un espacio cuidadoso, no en un pasillo con otras personas. Hay que mantener el espacio de intimidad y tener la presencia de un psicólogo o psicóloga. Se procede con el relato de lo sucedido y corroborar que este familiar ha sido identificado»
Identificación de los cadáveres
Apostol advierte de un momento también muy complicado: «Tenemos que preparar a los familiares para lo que se pueden encontrar. Muchas veces visualizamos antes el cadáver nosotros para advertirles de lo que van a ver. Es un alto impacto traumático, y tienes que identificar el cadáver de tu hijo muerto. El papel del psicólogo es estar ahí, sosteniendo».
Los supervivientes, horas más tarde
Mònica Cunill, doctora en Psicología, docente en la UdG especializada en acompañamiento psico-espiritual en el duelo, explica que normalmente los supervivientes de este tipo de acontecimientos entran «en un estado de shock, que es una estrategia de supervivencia, una cierta anestesia emocional y del cuerpo, porque lo que vivimos sobrepasa a los recursos que tenemos. Lo que la persona necesita -y para esto están los psicólogos de atención especializada- es una presencia calmada, es seguridad física, porque el cerebro necesita desactivar la amenaza. Esto requiere un tiempo. Hay que respetar el ritmo de cada cual, no forzar nada: ni que hablen ni que expliquen. Básicamente se trata de esta presencia en seguridad y orientación hacia el presente: ‘estás aquí, a salvo, estoy aquí'».
Con el paso de las horas, añade Cunill «este apoyo hace que el estado inicial de shock, que es corto en el tiempo, se diluya y se recupere el contacto con la parte emocional. Entonces aparece la conciencia de realidad de lo que ha pasado, lo que ha supuesto. Pero si se ha presenciado alguna muerte y la imagen es traumática, se puede desarrollar un trastorno por estrés postraumático, que necesita una atención especializada«.
¿Qué pasa un mes después?
Un estrés postraumático -detalla Apostol- se diagnostica a partir de un mes después del incidente traumático. «La intervención nuestra está pensada para mitigar, precisamente, los síntomas posteriores, con pautas de psicoeducación, de autocuidado, con la gestión de las imágenes y sonidos intrusivos… porque el impacto sobre la mente es tan potente que la memoria no lo digiere como cualquier otra información. Cuando el afectado vuelve a casa ha de haber una continuidad asistencial con los especialistas de su zona, que dispondrán del informe inicial que hacemos sobre el terreno sobre la sintomatología de esa persona»
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