Tras el grave accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) y el posterior en Gelida, el Ministerio de Sanidad, en coordinación con la Junta de Andalucía, ha activado una respuesta en salud mental para atender tanto a las víctimas y sus familias como a quienes participaron en la gestión de la emergencia. Los detalles los explica a EL PERIÓDICO el psiquiatra Francisco González Aguado, subdirector del Comisionado de Salud Mental, quien, además, llama la atención sobre esa zozobra en la que, como sociedad, nos sume una catástrofe de enorme magnitud y el miedo que de pronto podemos sentir a subirnos a un tren.
La actuación del ministerio tiene como objetivo prevenir el trauma vicario tras el siniestro. ¿Cómo lo describe?
Tradicionalmente se ha vivido la posibilidad de traumatización de las personas en números: primario, secundario y terciario. El primario era el que sufrían las víctimas del desastre, en este caso el tren. En el secundario, se consideraba a los familiares, amigos… que sufren extraordinariamente el dolor de esa pérdida tan gigante, tan imprevista. Y se llamaba terciario al trauma de las personas que no habían presenciado directamente el desastre, pero que habían tenido que ir allí y trabajar viendo una realidad terrible. El experimentar esto, el trabajar en estas condiciones tan terribles, de las cuales no puedes disociarte, hace daño. Posteriormente a esto se le ha llamado trauma vicario, porque los números parecían un poco fríos. Son traumas que tienen que ver con la relación con lo vivido.
«Cuando tú eres testigo de este tipo de cosas, te quedas durante un tiempo tocado»
Se ha enfatizado mucho en la asistencia psicológica a quienes estuvieron en primera línea.
Si haces una asistencia en un accidente y tienes que sacar a una persona, puedes sufrir un daño que tiene que ver con muchos motivos. Primero, con que estás atendiendo una cosa extraordinariamente trágica. Muchas veces vivimos de una manera un tanto disociada, pensando que nada de esto nos va a ocurrir. Hablamos ahora y no pensamos que vaya a pasarnos nada terrible. Tratamos de negar el sufrimiento o la muerte y esto nos permite pasárnoslo, vivir la vida. Cuando tú eres testigo de este tipo de cosas, te quedas durante un tiempo tocado.
Queda claro que, tras una catástrofe, esa atención no es un complemento.
Es algo completamente básico. El año pasado ya hubo una resolución de la OMS que recomendaba encarecidamente que en toda estrategia que aborda un desastre, sea natural, tecnológico o causado directamente por el hombre, haya que plantearse planes que tengan que ver también con abordar la salud mental, tanto de las víctimas, como de los cuidadores.
«Muchas veces vivimos de una manera un tanto disociada, pensando que nada de esto nos va a ocurrir»
Las intervenciones se entiende que son diferentes.
Dentro del Comisionado, insistimos en un modelo que trata en general de no patologizar. Nos parece fundamental. La mayor parte de las reacciones, tanto de los cuidadores como de las víctimas directas, son normales ante una situación extraordinariamente anormal, lo que no quiere decir que tengamos que desatenderlas. Pueden causar un altísimo sufrimiento y dificultades a medio y largo plazo para recobrar tu propia planificación de vida y el afrontamiento de tu herida, no solamente física, sino también emocional. Hay intervenciones que hay que hacer y se están haciendo.
«La idea sería dar un espacio para poder hablar de ello, para poder ser acompañados. Que no lo dejen metido debajo de la alfombra»
¿Qué pasa si el trauma no se trata? ¿Si no se aborda el dolor emocional?
La mayor parte de las veces uno sale airoso de ese tipo viaje que te ha tocado de repente, de una manera terrible, y es capaz de tirar adelante. Pero, a veces, se queda atascado por diferentes motivos. Desde ahí va a costar mucho más trabajo salir. En esa mirada preventiva, la idea sería, como nos pasa en las crisis personales, dar un espacio para poder hablar de ello, para poder ser acompañados. Que no lo dejen metido debajo de la alfombra. E informarles que, si en un futuro se atascan, pueden solicitar ayuda, saber que el Estado no te deja solo, no te deja aislado. Lo peor de este tipo de cosas es hacerlas solo. Si cuentas con la familia, con una red potente, es más fácil.
¿Y, como sociedad? ¿Cómo se atiende ese impacto emocional colectivo o el miedo a un nuevo accidente si te subes a un tren?
Al final, estamos todos tocados de una u otra manera. La idea es poder normalizarlo. Entender que formamos parte de un planeta de extremada fragilidad. El miedo es protector. A veces, nos protege de peligros pero, si se adueña de mi vida durante excesivo tiempo y me ‘tiraniza’, empieza a convertirla en un problema. El miedo no se va a quitar. No es algo extirpable. Los primeros días, puede ser normal que me suba de manera incómoda a un tren. Lo puedo participar con mi familia, con mis amigos y con mis colegas. Ahora estamos todos más asustados, más preocupados pero, para poder vivir, lo mejor es recobrar cierta confianza con el mundo que nos rodea.
¿Cómo está siendo la coordinación con la Junta de Andalucía en materia de salud mental?
Tenemos un diálogo estupendo. Lo tenían muy bien organizado. Entendimos que podíamos ayudar y hemos desplazado a tres psicólogos especializados en emergencias para hacer grupos con los voluntarios o los cuidadores y crear un espacio y que encuentren un sentido a lo que han hecho y visto. La idea de futuro es intentar, con todas las comunidades, hacer un protocolo estable para si en cualquier momento, desgraciadamente, ocurra un desastre, desarrollar desde el minuto cero un plan de emergencia en salud mental.
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