La situación en Irán ha escalado hacia una crisis de seguridad global sin precedentes. Desde diciembre de 2025, el país afronta protestas callejeras que desafían la estabilidad del régimen, con repercusiones internacionales inmediatas. Entender esta contrarrevolución es esencial para analizar el nuevo mapa de riesgos geopolíticos planetarios.
Origen y escalada del conflicto
Las manifestaciones empezaron como protestas por la crisis económica, pero evolucionaron enseguida hacia las exigencias políticas. De manera inmediata, el régimen iraní aplicó una represión implacable: fuerza brutal contra los manifestantes desarmados, detenciones masivas —50.000 personas— y bloqueo nacional de internet. La información que llega de Irán es confusa y fraccionaria, pero entre los días 8 y 9 de enero de 2026 habrían sido las masacres más cruentas. No hay cifras oficiales de víctimas civiles, que según los medios occidentales superarían los 30.000 fallecidos.
El ayatola Alí Jamenei ha adoptado una estrategia narrativa con cuatro fases claras. Primero distinguió entre «manifestantes legítimos» y «alborotadores». Luego acusó a Estados Unidos e Israel de orquestar el caos. A continuación proclamó la victoria escenificando varias manifestaciones progubernamentales. Por último enmarcó las protestas como un nuevo frente de guerra contra Occidente. Mientras las redes sociales occidentales muestran escenas de la crueldad salvaje del régimen de los ayatolas, las democracias parecen incapaces de forzar un cambio político en este país de 90 millones de personas, situado estratégicamente entre Oriente Próximo y Oriente Medio.
Amenazas a la seguridad global
La crisis iraní conlleva riesgos multidimensionales para el actual escenario prebélico o de confrontación mundial. Los dos aliados estratégicos y militares de Irán son Rusia y China, superpotencias opuestas a la OTAN con las que mantiene una estrecha cooperación económica y militar. Además, Irán lidera el Eje de la Resistencia en Oriente Medio, un tratado de seguridad antioccidental que incluye a Siria y organizaciones terroristas militarizadas como Hezbolá (Líbano), Hamás (Palestina) y los hutíes (Yemen). En Latinoamérica, mantiene vínculos con Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia.
El régimen de los ayatolas tiene un potente arsenal militar —misiles, drones— y cuenta con tropas mercenarias terroristas en países vecinos que son un peligro constante para Israel y los países occidentales de la OTAN. Además, el colapso del régimen podría desencadenar un caos regional: fragmentación territorial, lucha por el poder entre facciones y proliferación de grupos armados sin control. Esto afectaría directamente a Turquía, Arabia Saudita y otros vecinos estratégicos.
Escenarios posibles y prevención de riesgos
En este momento las derivas posibles de la rebelión iraní son: la supervivencia del régimen mediante una represión reforzada, una transición negociada controlada por varias potencias regionales y el colapso acelerado por presión militar externa. Todas estas opciones conllevan riesgos de inestabilidad prolongada. La contrarrevolución iraní no es un conflicto doméstico aislado, sino un punto de inflexión para la arquitectura de la seguridad global del siglo XXI, ya tensionada por las guerras de Gaza y Ucrania. El gobierno estadounidense de Donald Trump ha escenificado una confrontación directa, incluyendo sanciones comerciales del 25% a países que compren petróleo iraní y amenazas de intervención militar. Israel, por su parte, practica operaciones híbridas encubiertas, mientras los países de la Unión Europea se plantean imponer sanciones nucleares.
Desde el punto de vista de la seguridad global, es crucial vigilar la cohesión interna de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, el ejército de élite controlado directamente por Jamenei. También conviene prestar atención a la dimensión de la censura digital, la actividad de los iraníes antigubernamentales en el extranjero y los indicios de fragmentación en las cúpulas políticas. La comunidad internacional debería anticiparse a una crisis humanitaria masiva con éxodos hacia los países vecinos.
Breve historia del régimen de los ayatolas
El régimen de los ayatolas se gestó durante la Revolución Iraní de finales de los ochenta del siglo pasado, cuando una coalición variopinta de izquierdistas, intelectuales, comerciantes y clérigos derrocó al Sha Mohammad Reza Pahlavi. El monarca abandonó su país en 1979, tras cuatro décadas de gobierno aperturista apoyado por Occidente. El 1 de febrero de 1979, el ayatola Ruhollah Jomeini regresó triunfalmente de 15 años de exilio y fue recibido en Teherán como líder espiritual y revolucionario. En las primeras etapas prometía traer una democracia y salvaguardar los derechos humanos, engañando incluso a sus propios aliados como Aboljasán Banisadr, que luego se exiliaría. Jomeini consolidó rápidamente un gobierno teocrático.
En marzo de 1979, un referéndum aprobó la creación de la República Islámica con el 98% de votos favorables. En diciembre de ese mismo año se promulgó una nueva constitución que estableció a Jomeini como Líder Supremo vitalicio, concentrando en sus manos el control militar, los servicios de seguridad y el poder de nombrar a altos funcionarios del gobierno y la judicatura, mientras institucionalizaba la ley islámica (sharía) y suprimía progresivamente a sus antiguos aliados laicos y de izquierda mediante ejecuciones masivas, la prohibición de partidos políticos. Este régimen ultraconservador y antioccidental sigue vigente y es contra el que se manifiestan en 2026 las generaciones jóvenes, cuyas mujeres usan desde 1983 el velo hijab, con cámaras de vigilancia para descubrir a las infractoras, que pueden pasar décadas en la cárcel si no cumplen esta ley.
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