El pie diabético supone entre el 20% y el 40 % de las complicaciones médicas de las personas con diabetes. Se estima que uno de cada cinco pacientes con la enfermedad y úlcera en el pie sufrirá algún tipo de amputación, con un riesgo de reamputación del 50% a los 5 años y una mortalidad asociada -a la amputación de la extremidad inferior- que oscila entre el 52% y el 80%, cifras superiores a las de muchos tipos de cáncer. Son cifras que ponen sobre la mesa los expertos y que conoce bien Marta Lafuente, con diabetes tipo 1 desde los 5 años. «Estuvieron a un paso de amputarme los dedos del pie. Me salvó una doctora de Madrid, donde vivo», señala esta gallega de Pontevedra, de 46 años.
Las heridas, puerta de infecciones y que afectan hasta a un 50% de los pacientes ingresados en hospitales españoles, son un factor que dispara la peligrosidad en los pacientes con diabetes. Uno de los factores más determinantes en la evolución del pie diabético es la isquemia, es decir, la falta de riego sanguíneo, que provoca una disminución del oxígeno en los tejidos (hipoxia tisular). Esta situación dificulta la cicatrización de las heridas, favorece la aparición de infecciones graves y aumenta de forma considerable el riesgo de amputación. Sobre ello se habló en el reciente XIII Congreso Nacional de la Sociedad Española de Heridas (SEHER), celebrado en Zaragoza.
En el pie diabético, la hipoxia tisular convierte una pequeña herida en una lesión muy grave
«Cuando los tejidos no reciben suficiente oxígeno, pierden su capacidad de defenderse y regenerarse. En el pie diabético, la hipoxia tisular convierte una pequeña herida en una lesión muy grave», explica la doctora Almudena Cecilia, vocal de la sociedad científica y podóloga en la Unidad de Pie Diabético del Servicio de Angiología y Cirugía Vascular en el Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid. La causa principal de esta falta de oxígeno es la enfermedad arterial periférica, mucho más frecuente en personas con diabetes. Esta patología estrecha u obstruye las arterias de las piernas y los pies, impidiendo que la sangre se distribuya correctamente por los tejidos.
La factura de la enfermedad
A Marta le diagnosticaron diabetes tipo 1 de niña. Durante 40 años convivió con la enfermedad y con un tratamiento diario de insulina que se repetía tres veces al día. En febrero de 2025, se sometió a un doble trasplante de páncreas y riñón en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Un antes y un después en su vida que hoy relata con optimismo. Porque, si echa la vista atrás, asume que 40 años de diabetes le pasaron factura. «Te va haciendo daño… a las venas, a las arterias. Con el tiempo, dejas de tener sensibilidad en los pies. A partir de los 30 años, empecé a tener alguna complicación», relata.
Se remonta a 2018. «Empecé a ir a clase de zumba y, un día, saltando, mi pie hizo crack. No me dolió nada, nada, porque no tenía sensibilidad. Uno de los huesos me salía como por encima del empeine». Visitó a un traumatólogo que le operó el pie (el derecho). Le lijó el hueso y el pie se quedó plano y deforme. Pero estable.
Riesgo de amputación
En diciembre de ese mismo año, estando en Pontevedra, es cuando «estalla el ‘charcot'». Alude a la artropatía de Charcot, una complicación severa del pie diabético. El paciente no percibe microtraumatismos que deforman el pie y necesita inmovilización inmediata y control estricto de la glucosa.
Marta estaba corriendo y se dañó el pie izquierdo. «Se hinchó muchísimo, estaba ardiendo. Entonces, me dicen que para eso es buenísima la ozonoterapia». Comenzó con sesiones de un mes que, confiesa, no le ayudaron. «Me gasté una pasta y no valió de nada».
Caminar sin dedos
La cosa fue a peor. En una cita con la médico, al ver el estado de su pie, la mandaron directamente a Urgencias del hospital Montecelo. «Me hacen una resonancia, una radiografía y, a las dos horas, viene un cirujano vascular que me suelta: ‘¿Tú sabes que la gente camina sin dedos?’. Y que me van a amputar. Me quedé volada». Llegó a estar ingresada en el hospital más de 15 días hasta que pidió el alta voluntaria para buscar alternativas en Madrid.
«Llegué derrumbada. Con todo perdido», recuerda Marta de cuando acudió al Ramón y Cajal para ver si le podían salvar los dedos del pie
Contactó con el Hospital Ramón y Cajal. «Llegué derrumbada. Con todo perdido», recuerda. En marzo de 2019 el cirujano que hace la intervención de unir los nervios con una incisión en los gemelos para recuperar sensibilidad, le dice que tiene que ir a la unidad de pie diabético. «Cuál es mi sorpresa, que la podóloga me dice va a intentar salvar mi pie por encima de todo». Entró en el centro en marzo del 2019 y así estuvo: escayolada y en silla de ruedas hasta abril del 2020, momento en el que le operaron. A partir de ahí fueron otros seis meses de recuperación: rehabilitación, fisios y zapatos postquirúrgico y ortopédico.
Plantillas y revisiones
Plantillas y revisiones mensuales hasta la fecha de hoy… «Y cada vez que un zapato me roza, un calcetín me hace fricción o cualquier cosa, que para cualquier persona sin artropatía puede parecer una chorrada, tiemblo y envió a Almudena (su podóloga) un whatsapp con reportaje fotográfico de la herida, para atacar rápido y que me vea en consulta cuanto antes… Lo más importante es tener los pies superestudiados y revisarlos cada día».
«Creo que todos los médicos deberían tener la misma información. No puede ser que uno te diga que tiene que amputarte los dedos y, en otro sitio, te digan que no», sostiene. Marta hoy corre y hace senderismo. «No puedo hacer deportes de impacto porque, al final, tengo en un pie unos clavos y el otro, lo tengo plano. Pero llevo mis plantillas para caminar, que valen 300 euros, y los pacientes estamos intentando que las financien», cuenta.
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