Una investigación de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) ha identificado que no garantizar la atención sanitaria en la lengua materna de los pacientes puede repercutir negativamente en la precisión de los diagnósticos, la relación de confianza con el sanitario y la calidad asistencial. El trabajo ha sido pionero en destacar que esta situación no solo afecta a la población inmigrante, sino también a las personas autóctonas hablantes de lenguas minoritarias o minorizadas en distintos países del mundo.
El trabajo, llamado ‘L’atenció sanitària amb discordança lingüística: un estat de la qüestió des de i per a la catalanofonia’, hecho por Joana Pena-Tarradelles, investigadora del Departament de Traducció i Ciències del Llenguatge de la UPF, ha sido publicado en la ‘Revista de la Llengua i Dret’, y se enmarca en una investigación más amplia que examinará el impacto del uso del castellano para atender a pacientes catalanohablantes en los centros sanitarios de Catalunya.
Discordancia lingüística
El artículo académico señala que el origen de esta situación es la discordancia lingüística, es decir, cualquier ocasión en la cual el médico no habla la lengua preferida por el paciente (una minoritaria o minorizada), produciéndose habitualmente la conversación en un idioma mayoritario.
Antes de profundizar en el caso local, la experta sociolingüística ha repasado con esta publicación otros episodios de este fenómeno alrededor del mundo, como los inmigrantes hispanos en Estados Unidos, los hablantes de euskera, las minorías francófonas fuera de Quebec, en Canadá o los hablantes de sueco en Finlandia.
Inmigrantes y lenguas minorizadas
En el caso de las personas de origen inmigrante que no dominan ninguna lengua del país de acogida, la discordancia lingüística tiene consecuencias graves como diagnósticos erróneos, peor seguimiento de los tratamientos, o la realización de pruebas excesivas entre otras. Pena-Tarradelles, autora del artículo, ha subrayado que la principal novedad del estudio es que la discordancia también afecta a la población autóctona con una lengua minoritaria o minorizada “aunque sea bilingüe y pueda expresarse también en la lengua dominante con más o menos fluidez”.
En este grupo, se identifica como en situaciones de estrés, vulnerabilidad, miedo o dolor intenso, la capacidad de expresarse en una segunda lengua disminuye. La académica de la UPF apunta a que el esfuerzo mental añadido que supone adaptarse a una lengua distinta puede provocar invisibilización de matices vitales para el diagnóstico.
Niños y ancianos, los más expuestos
Entre los estudios previos recogidos por la investigación, hay dos grupos de edad que se ven más expuestos a la discordancia lingüística en la atención sanitaria. La gente mayor, que por su deterioro cognitivo pueden perder sus competencias en una segunda lengua, y los niños, especialmente si son muy pequeños y no han desarrollado aún unas competencias bilingües suficientemente buenas en la lengua mayoritaria como para describir sus síntomas de forma precisa. La autora explica que este segundo caso tiene mucha presencia en Gales y el País Vasco.
El artículo también hace hincapié en que la imposibilidad de poder hablar en la lengua propia hace que algunas personas se sientan “menospreciadas”, situación que puede afectar su bienestar emocional y la posibilidad de crear una relación de confianza con su médico.
Tras la recopilación de las diferentes evidencias científicas sobre la influencia de la lengua en la calidad de la atención médica, el texto concluye que se deben impulsar «más investigaciones centradas en los grupos de lenguas minorizadas altamente bilingüizados, como los catalanohablantes». Una labor en la que Joana Pena-Tarradelles ya está trabajando, según ha anunciado la UPF.
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