Comer en compañía, charlando, con comida casera y sin pantallas es el escenario óptimo para el cerebro y las emociones. Además, mejora la absorción de nutrientes (se come más despacio) y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad. Importante en una sociedad donde el 98% de las personas se alimentan delante de dispositivos y, en el caso de los adolescentes, utilizan los móviles frente a un plato, como refugio ante el aislamiento.
Son conclusiones del estudio ‘La ciencia de lo que se cuece en la cocina’ presentado hoy por IKEA, la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y el Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN) del Instituto de Salud Carlos III. El estudio es fruto de dos investigaciones complementarias que se han realizado de manera simultánea entre agosto y diciembre de 2025.
Cocinar acompañado triplica la emoción de alegría en nuestro cerebro que aumenta en un 232%, con respecto a hacerlo solo
Uno de los trabajos, titulado, ‘Identificando las emociones en los hábitos culinarios con IA y equipos biométricos’, elaborado por la SEN y la URJC, indica que cocinar acompañado triplica la emoción de alegría en nuestro cerebro que aumenta en un 232%, con respecto a hacerlo solo. Por otra parte, según esta investigación, comer acompañado reduce el sentimiento de rechazo en un 23,5%. La compañía rompe «la neutralidad funcional de la tarea, que deja de verse como un trámite y la convierte en una experiencia positiva«.
Calidad emocional
En realidad, esta investigación dicen sus autores, demuestra «científicamente» que la calidad emocional de nuestra alimentación depende menos de lo que hay en el plato y mucho más de con quién compartimos la comida, de la desconexión digital y de vivir el momento presente. Estar acompañado mejora la absorción de nutrientes (se come más despacio) y reduce el riesgo de obesidad al facilitar la saciedad consciente, se señala.
En contraste, según el mismo estudio, el uso del teléfono móvil y otros dispositivos electrónicos durante las comidas ejerce un efecto negativo: no provoca tristeza de manera directa, pero aplana las emociones positivas, hasta reducir la alegría en un 32%. Los contenidos digitales, al activar un estado de alerta y fragmentar la atención, dificultan la degustación consciente y deterioran la percepción sensorial de los alimentos.
Impacto de la digitalización
Cómo y con quién comemos son claves según el otro estudio -‘Impacto de la Digitalización en los Hábitos Alimentarios’-, elaborado por el CIBEROBN del Instituto de Salud Carlos III. Según el trabajo, la comunicación humana es un factor protector de la salud alimentaria. Así, charlar en la mesa se asocia a patrones de ingesta más saludables: fomenta una relación más consciente y menos impulsiva con los alimentos.
Este hábito, concluyen los investigadores, contribuye a disminuir la ingesta emocional, en la que se usa la comida como respuesta a estados emocionales negativos y también limita la ingesta externa, aquella que no responde a las señales internas de hambre y saciedad. Al contrario de lo que ocurre con el uso de las pantallas, la interacción social ayuda a mantener la atención en un contexto social saludable.
Las pantallas
El estudio subraya también un patrón claro de vulnerabilidad: la adolescencia y los perfiles clínicos son quienes comen solos con mayor frecuencia: 7 veces más entre semana y 18 veces más los fines de semana en comparación con el grupo no clínico. Estos colectivos presentan «un uso digital significativamente superior y un mayor riesgo psicosocial». Comer solo, se apunta, aparece como un marcador de riesgo que debe abordarse en la intervención terapéutica, dado su impacto en la salud mental y en la conducta alimentaria.
Según esta investigación de CIBEROBN, la digitalización ha transformado por completo el acto de comer, convirtiendo la presencia de pantallas en un elemento habitual en la mesa. El 98% de las personas comen con dispositivos, lo que evidencia que la tecnología ha ocupado un espacio antes reservado a la convivencia y el diálogo. Este cambio, según se desprende de esta investigación, favorece «entornos más solitarios» y afecta directamente al bienestar psicológico, especialmente en poblaciones vulnerables, como esos adolescentes, que utilizan las pantallas como refugio ante el aislamiento.

Unos adolescentes miran las pantallas de sus móviles / GABRIEL BOIA
Los resultados muestran que el móvil es el dispositivo dominante durante las comidas y que su uso está asociado a estilos de ingesta menos conscientes, guiados por estímulos externos y no por señales internas de hambre o saciedad. Esta distracción digital genera un estado de alerta que dificulta la degustación, fomenta comer de forma impulsiva y dificulta la relación social. Además, el tiempo y momento de exposición a redes sociales aumenta la dependencia emocional de estas plataformas, creando una ilusión de conexión que, en la práctica, «profundiza la soledad, e influye negativamente en el descanso y horas de sueño«.
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