María Milagro nació el pasado 18 de junio con 23 semanas de gestación, lo que la convierte en una gran prematura. Pesó 475 gramos. Casi tres meses después, desde el Hospital 12 de Octubre de Madrid, a donde sus padres, Maleni Águila e Idobe Méndez, llegan cada día para acompañar a la niña, la madre, 36 años, dominicana residente en España y trabajadora en una residencia, relata lo vivido en semanas que califica de extraordinarias. «Ha sido una evolución increíble. Ahora está en 1,7 kilos. Va todo muy bien. Yo soy muy creyente y eso me ha ayudado. Y ella, le está haciendo honor a su nombre», cuenta destacando la enorme lucha de la pequeña por salir adelante.
Cada año nacen en España unos 30.000 prematuros, 800 de los cuales son extremos -la gestación se produce antes de la semana 28-, como María Milagro. Necesitan un cuidado mucho más especializado y presentan un mayor riesgo de complicaciones.
«Cada pasito que da, sea para atrás o para adelante, te agobia, pero ahora vamos un pasito más adelante»
Cuando EL PERIÓDICO habla con Maleni, hace rato que el padre, Idobe, ha llegado para hacer el «canguro», una técnica de atención neonatal en la que el recién nacido se coloca en contacto directo con la piel de sus padres. La pareja se alterna. «Así ella se siente mejor, respira mejor y come mejor. Le hace muy bien. Al principio, como era tan chiquitina, me costaba, porque pensaba que podía hacerle daño», describe su madre.
Bebés muy frágiles
Desde ese espacio tan íntimo, Maleni relata su historia marcada por la llegada prematura de María Milagro. Cuenta la pérdida anterior de otro bebé con 19 semanas de gestación y cómo la vida se abrió de nuevo paso con el embarazo de la niña. Cómo no, de alto riesgo. Se puso en manos del 12 de Octubre desde el primer instante. Estuvo ingresada y «aguantó y aguantó» para que la pequeña naciera en las mejores condiciones posibles. «Son unos bebés muy frágiles. Gracias al médico y a las enfermeras, que nos dieron y nos dan bastante ánimo, lo llevamos mejor. Porque la experiencia fue muy traumatizante», recuerda.
«Tienes que vivirlo para creerlo. Cada pasito que da, sea para atrás o para adelante, te agobia, pero ahora vamos un pasito más adelante y lo que queremos es que tolere más la comida», dice de su bebé a la que, por ahora, no está pudiendo amamantar: «Aquí el cuerpo como que se te bloquea, nada más con el pitido de cualquier máquina. Mi cuerpo está bloqueado«, explica. Algo que puede ser habitual en momentos de gran estrés, que no suba la leche. Pasado un tiempo -con estimulación, con la niña en ‘canguro’-, es más que posible que la mamá la pueda producir. Y en eso está Maleni. Intentándolo.
El banco de leche
Mientras eso sucede María Milagro se alimenta de las donaciones de otras mamás al Banco Regional de Leche Materna, un programa que el 12 de Octubre tiene desde 2007 y que cubre las necesidades de los pacientes ingresados en ocho complejos hospitalarios de la región. Con datos del centro sanitario, en 2025, 362 mujeres donaron 2.542 litros de leche que llegaron a 823 bebés.

El 12 de Octubre promueve el acompañamiento familiar a bebés prematuros y enfermos en sus habitaciones / HU12O
¿Qué mensaje de aliento daría Maleni a otros padres que atraviesan una experiencia como la suya? Apela a la fe y a una confianza plena, como la que ella tiene, en médicos y enfermeras. «Lo que tenemos es que luchar y no caer, porque si caemos, es peor, se nos hace más larga la espera. Porque tú ves ahí a tu niña, tan chiquita, y te sientes impotente porque no puedes hacer nada. Tienes que confiar», señala la madre que ahora espera a que María Milagro alcance, al menos, un peso de dos kilos y medio para poder llevarla a casa.
Los 107 días de Ana
La experiencia que hoy vive Maleni ya la atravesaron los padres de Ana, que hoy tiene 12 años. La revive Carlos Santiso, su padre. La niña nació con apenas medio kilo. «Bajó a 420 gramos, es decir, en el umbral mínimo de supervivencia, y le pasó de todo», recuerda. Le apareció un trombo en el corazón, que se fue al pulmón y le provocó un tromboembolismo pulmonar y, luego, llegó una sepsis, algo gravísimo para cualquiera y más para un bebé prematuro.
Carlos recuenta 107 días en el hospital hasta que llegaron a casa. Los primeros cuatro años de Ana, rememora, no fueron sencillos. «Tuvimos que hacer una vida muy tranquila, porque no la podíamos llevar a restaurantes, ni a centros comerciales, ni a sitios donde hubiese mucha gente». El objetivo es que no cogiera ningún virus. Tampoco podía ir al colegio, ni a guarderías. Hasta los cuatro no pudieron escolarizarla.

Imagen del álbum familiar de Carlos, con su hija Ana en la incubadora / CEDIDA
«Tuvimos que adaptarnos para mejorar la salud de nuestro bebé», sintetiza Carlos. Luego, vinieron un montón de citas periódicas. Durante los ocho primeros años, fueron frecuentes las visitas a Pediatría, a Cardiología, Traumatología, Oftalmología, Neurología… «Porque hay que hacerles un seguimiento exhaustivo para ver su desarrollo cerebral. Aunque lo palían con todos los avances y con todo el conocimiento médico, al final es un bebé al que le han faltado tres meses de vida en el útero de su madre«, explica Carlos.
Hoy Ana, describe con orgullo su padre, es una preadolescente sana. Lanza un mensaje de esperanza a quienes atraviesan una situación similar. «Son niños que, a lo mejor, hace 20 o 30 años tenían mínimas oportunidades de seguir con vida. Evidentemente, no es un mundo de color de rosa, pero que confíen. Nuestra hija vive gracias a todo el equipo médico y a los cuidados de enfermería que tuvo», concluye.
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